Tuesday, 30 August 2011

Saturday, 20 August 2011

Friday, 19 August 2011

Después de bajar de la montaña, me quedé dormida en la siesta. Queria despertarme pronto, o más bien, ni siquiera haberme dormido. Pero a veces no puedo controlar el sueño. A veces se me escapan de las manos mis instintos humanos. No quería dormir, pero para cuando me desperté ya eran las siete de la tarde, y el resto del mundo -también humano- había comenzado la jornada de tarde, y me había perdido la horchata y la ensaimada de turno con (=) en Ca'n Molinas. No sé dónde estará (=), tal vez venga a la hora de la cerveza. Mejor hacer tiempo trabajando, o escribiendo. O trabajando y escribiendo, que a veces es casi lo mismo. Así que me siento en mi rincón del estudio y con la música, muy, muy, muy alta, abro este cuaderno y escribo.

En la siesta, he soñado. Siempre se sueña cuando se duerme, en realidad; y yo siempre lo recuerdo. Así que como siempre, en la siesta he tenido un sueño que recuerdo. No puedo dejar de pensar en mi sueño. Me traspasa. Es como si realmente hubiese vivido todo aquello mientras (=) tomaba horchata sin mí. No puedo abandonar las escenas que he vivido esta tarde con los ojos cerrados.

En mi sueño, estaba en Madrid. Creo que era Madrid, y creo que recorría el aeropuerto. Al menos había muchos transeuntes que cargaban maletas. Todo era muy turbio, como en los sueños. A través de la niebla turbia y a lo lejos, podía ver un panel de salidas. Quería consultar la hora de salida hacia mi destino, pero de repente olvidaba cual era este, y sabía que algo iba mal. Algo iba mal y empeoraba, y yo ya no estaba en el aeropuerto. El espacio amplio por donde paseaban antes pasajeros, se había convertido en un lugar cerrado, de paredes blancas, muy frío. Ya no había niebla de sueño. Todo estaba claro, y estaba claro que algo iba muy mal. (+) había tenido un accidente, ya no estaba en __ . Nos encontrábamos en la misma ciudad y eso me producía cierta tranquilidad, a pesar del accidente y el malestar que este me conllevaba. (#) me acompañaba a visitar a (+) al hospital de hielo. Recorríamos un largo pasillo (#) y yo, y hablábamos de algo demasiado sagrado como para contárselo al papel incluso. Pero ese algo era un asunto intenso y de tema amoroso controvertido, como todas esas cosas que una no quiere contar al papel siquiera, y prefiere guardarse en un cajón interno. (#) me miraba atentamente y seguía mis palabras al pie, pero su mirada era serena y segura. Como si hubiese vivido aquello de lo que yo hablaba cien años atrás, y una madurez absoluta venida de la nada le hubiese poseído para ahora parecerle un juego de niños muy lejano a ella aquello que a mí me perturbaba. (#) estaba guapa, y la tranquilidad de su mirada me contaminaba y lo hacía todo menos grave.
Cuando terminó la conversación ya habíamos llegado a la habitación en la que se encontraba (+). (+) y yo no hablamos nada, sólo nos miramos. No parecía enferma. Yo esperaba encontrar a mi gacela malherida y dócil, y eso me había dado cierta seguridad. Pero con mi gacela dispuesta al trote, yo volvía a ser suelo. Como no sabía que decir, -entre otras cosas porque los suelos no hablan, sino que permanecen estáticos mientras son galopados- decidí que iría al baño, tal vez a buscar a mi amor propio, o lo que quedase de él. Me perdí de camino al baño, sin amor propio es difícil orientarse, por corto que sea el camino. El camino clareaba cada vez más, hasta que me vi envuelta en blanco, perdida absolutamente. Para cuando me encontré (%) estaba frente a mí. Estaba hospitalizada en el mismo lugar que (+). Tal vez todas las almas que yo consideraba perdidas iban a ingresar allí. (%) sufría un ataque de bipolaridad en ese instante. Gritaba, lloraba y se moría de la rabia. Ella sola. (%) pasaba a ser el hospital en sí mismo. Una institución construída en su honor. Tal vez eso sean para mí los hospitales: (%) y sus transtornos. Aún recuerdo cuando tenía siete u ocho años y me llevaron a verla porque ella había pedido verme. Tengo una imagen perfecta de ella en pie en medio de esa sala de visitas del psiquiátrico, sonriéndome, con aquel pijama blanco de hospital, y preguntándome por el colegio, y por mis amiguitos, y por el libro de cuentos que llevaba en la mano. Mi cara debía de haber sido digna de ilustración. Ni siquiera hablé de lo que me asombraba la situación. Algo me olía a chamusquina. Creo que aquella vez se había intentado suicidar, no me lo dijeron, aunque tampoco pregunté. Las niñas no preguntan por qué hospitalizan a los adultos, que a la vista, están sanos. Pero creo que se había intentado suicidar porque sus muñecas estaban envueltas en vendas, y tiempo después, le pregunté que le había pasado, y me contó que se había cortado con un espejo roto por accidente. Entonces yo creía en los accidentes y no pensaba en el suicidio, así que me resultó convincente. Ahora sé que había intentado suicidarse. De todas formas esa es la (%) de mi pasado y no la de mi sueño.
En mi sueño, (%) llevaba el mismo pijama que el de la imagen que se me quedó grabada de la infancia. Pero a diferencia de esa imagen, en vez de sonreír, lloraba y se retorcía en su rabia. Yo trataba de evitarla. Quería ser ajena a la situación, pero la situación me absorbía hasta llenarme de rabia y hacerme llorar. Luego ella desaparecía y yo me queda con las lágrimas.

Con los ojos llorosos y sin haber encontrado ni el baño, ni mi amor propio, volvía a la habitación de (+). Me despedía de alguien que había en la habitación, pero no de ella. Ni siquiera me molesté en mirarle. Me marchaba. Corriendo, aunque no tan rápido. Atravesaba puertas que las lágrimas me impedían ver. (+) me seguía, incluso me llamaba. Atravesaba las puertas detrás de mí. Una, dos y tres puertas. Me consolaba que quisiese correr en mi búsqueda, pero quería cerciorarme de que realmente deseaba encontrarme. Aceleraba entonces mi carrera, y (+) no me seguía. Así que comprendí que ya no importaba. No deseaba a alguien que atravesase una, dos y tres puertas en mi búsqueda, si no me seguía hasta el final. Así no servía.
Cansada de la carrera y del llorar, las piernas dejaban de responderme y me caía. Ahora sí que era suelo. Dejaba de ser suelo cuando (#) me abrazó por la espalda, y en su abrazo me protegía de todo el mal del mundo. De todo el mal del hospital. No podía verle, pero sabía que era ella.

Mi sueño cambiaba a partir del abrazo. El decorado de mi teatro se movía para convertirse en un bulevar de algún pueblo con mar. En el bulevar vendían todo tipo de reliquias. Era un lugar antiguo. Como con filtro fotográfico amarillento. Paseaba entre las antigüedades, ahora sin preocupaciones. Mientras regateaba en un alemán que no hablo, el precio de unas alfombras, recibía un paquete. No había etiquetas ni notas del remitente, pero sabía que lo enviaba mi madre. Dentro del paquete había un collar, era de madera, y sobre la madera resplandecía una gema amarilla. Si me lo ponía, sería feliz por siempre. Caminaba sin rumbo con mi collar en la mano. Los mercaderes y sus mercancias cada vez quedaban más lejanos. Escuchaba el trinar de los pájaros. Y los mercaderes se alejaban más y más. Estaba flotando. Me ponía el collar amarillo y había pasado de flotar a controlar mi vuelo. Yo estaba por encima. El precio de las alfombras ya no importaba. No importaba nada. Y era feliz, y dejé de soñar. Me encontré en el sofá con la ventana abierta y escuché el mismo trinar que el de los pájaros de mi sueño.

(=) lleva un rato sentada esperándome. En mi realidad paralela, ya es la hora de la cerveza de después de la tarde, y me siento feliz, aunque no llevo collar.

[Valldemossa] [07.08.11] [Fragmento de mi diario]