Saturday, 31 July 2010

Érase una vez un país donde no existían las mentiras, y a donde estaba prohibido importarlas y todo funcionaba bien, hasta que un día llegaste tú, con tu mercado negro, instauraste el monopolio, y todo se echó a perder. Mentirosa. Fin de la historia.

Tuesday, 20 July 2010

Saturday, 17 July 2010

GOOD MORNING, LONDON








Hace diecisiete días que me mudé a Londres. Esto es lo que veo cada día desde mi cama nueva antes de levantarme.

Friday, 16 July 2010

Tristeza, no me entretengas. Es una norma fácil de imponer, y de sencillo cumplimiento. Ya había aprendido a correr antes de nacer. Correr solo es de gallinas si se trata de una huída, llorar es de lloricas todas las veces, aunque también es un invento para humanos. Hay que aprender a mirar al sol sin gafas. Hay que aprender a correr más rápido que la tristeza, no para huír de ella, sino para vencerla en la carrera. Tristeza, no me entretengas.

Thursday, 15 July 2010

Sobre la reinvención de mí misma y mis primeros reaprendizajes tampoco hay demasiado que decir. En realidad cualquier aprendizaje debería contener por sí mismo la sílaba re. Nunca nada está aprendido del todo. Nunca dejarás de aprender algo por segunda vez.
Cuando me reinventé a mi misma, aprendí -aquí por vez primera, las sucesivas vinieron luego- a trazar una línea que separase los sentimientos que tenían permiso para invadirme y los que de ninguna forma podían tener cabida en mí. De este agua no beberé, y así no la lloveré. Resulta difícil mantener al día y en orden las sensaciones, requiere serenidad y cierta práctica, pero al cabo del tiempo se termina consiguiendo, es cuestión de proponérselo, como todo. Cuando has aprendido a doblar intenciones como calcetines y -al igual que a estos- a amontonarlas en un cajón, todo resulta mucho más fácil. Además, no requiere mucho tiempo. Media hora para las ideas descabelladas, otra media para la ropa de la lavadora; tan solo una hora de veinticuatro para poner en orden lo que lo requiere, luego restan otras veintitres en la que no habrá desorden que te distraiga.
Una vez reinventada, me quedaron diecinueve horas -solo duermo cuatro al día, es más que suficiente- para gastar en tareas practicas. Diecinueve horas, día tras días, dan para cualquier cosa, y aunque soy joven, si lo hubiese deseado ya podría haber estudiado con matricula la más temible de las ingenierías. Las ingenierías, y todo lo que se relacione con la física debe de estar muy influenciado por el orden -no lo sé del todo,no he dedicado mis diecinueve horas diarias a libros de ciencia- pero lo intuyo: modos de distribuir el espacio, las formas en que las materias interactuan entre sí, y lo que sucederían si lo hicieran con desorden, un manual de cómo doblar calcetines, pero a lo grande.
Hija mía, organízate y conseguirás cualquier cosa. Mi madre siempre tuvo razón, antes y después del reinvento.
Cualquier vida, o la mía más que otras, no es más que práctica en organización y experiencia laboral en doblaje de calcetines, de distintas longitudes, tallas, colores y tejidos. De cualquier grado.
Yo nunca hago eso de dar una vuelta y hacer una bolita, ¿sabías que así el elástico se da de sí? Odio tener que dejar de ponerme unos calcetines porque el elástico me quede grande. Detesto que las relaciones se me queden grandes por enrollarlas demasiado. Pero todo el mundo debería saber, que hay algo mucho peor a los calcetines dados de sí, y esto es: que te toquen los cajones. Ya puedes establecer el más rigoroso de los órdenes en tu cajón, que si alguien se empeña en meter la mano y enredarlo todo, quedará hecho un verdadero desastre. Afortunadamente para mí, nadie nunca se atrevió a remover demasiado en mi armario. Acepto que es cierto que me han robado algún par de calcetines, o incluso dos de una misma vez, pero siempre bajo mi atenta mirada. No, nunca me he enamorado. No, nunca me he comprometido. No, he dedicado mis diecinueve horas a otras tareas.
No obstante, a veces también acepto que tanto orden puede resultar aburrido. Entonces, se me sale del armario el maldito vestido de la desesperación, y comenzamos él y yo, el más absoluto caos en el más rigurosos de los ordenes. Media hora gastada en revolver todo lo guardado, para luego tener que volver a ordenarlo. Un día de solo dieciocho horas prácticas, qué lástima.
No suena tan grave, pero una hora menos en el hipotético caso de mi ingeniería, podría significar la diferencia entre una matrícula y un patético diez a secas, y nos gustan las matrículas. Así que cuando eso sucede y añoro mis diecinueve horas, no queda más remedio que salir de compras, adquirir nuevos calcetines, reaprenderme y reinventarme.