Monday, 31 May 2010
Monday, 24 May 2010
Wednesday, 19 May 2010
Aún faltaban veinte minutos para las ocho, así que me detuve en mitad del puente a mirar los coches pasar. Si de por sí, cualquier carretera pekinesa es multitudinaria, aquella lo es aún más; pues lleva al corazón del distrito Chaoyang, donde se encuentra el aeropuerto internacional. Así que, mirando hacia abajo veía a los coches sucederse unos a otros a gran velocidad, y en mi importante tarea de contarlos, tuve que reiniciar el recuento varias veces hasta adoptar una táctica suficientemente efectiva para que no se me escapase ninguno. No sé cuanto tiempo estuve contando coches de dos en dos, repitiendo constantemente la sucesión de números pares de dos a diez, pues una vez alcanzaba los de dos cifras, perdía demasiado tiempo en mencionarlos mentalmente. Más fácil: se tarda menos en decir cuatro que doscientos cuarenta y ocho.
Cuando me aburrí, saqué un cigarrillo, y como no llevaba mechero, me volví a pedir fuego. Justo pasaba un señor angustiosamente enchaquetado, -angustiosamente, porque aún, a las casi ocho de la tarde, hacía treinta y ocho grados centígrados a la sombra-. No necesité hablar porque el enchaquetado entendió mi gesto en seguida, y muy gustosamente me dio fuego. No todos los días puede presumirse de que una rubia te pida fuego si vives en Beijing.
Fumé el cigarrillo apoyada sobre la barandilla sobre la que antes me inclinaba para mirar hacia abajo, el ángulo era perfecto para contemplar el cielo. Ni una sola nube, el sol se ponía dotando al fondo de la ciudad de un marrón anaranjado que me hacía pensar en miel derretida, lo cual era bastante acorde con el ambiente bochornoso y cálido que se pegaba a mi piel igual que si me bañase en el viscoso líquido.








