Wednesday, 27 January 2010

[…]

Aunque siempre era de las primeras -sino la primera-, en salir de los vestuarios con el bañador azul reglamentario, y las zapatillas a rayas también azules, y blancas (no reglamentarias, pero que ella siempre había preferido interpretar como tal; pues sin haber nunca estado claro el por qué, la mayoría de chicas llevaban aquel modelo, y haberse decidido por otras habría supuesto una diferencia, y por consiguiente una posibilidad más de burla), en vez de tirarse a la piscina y empezar a nadar, lo normal era que Marina esperase a las demás en un rincón donde se le viese poco, de tal modo que el entrenador no se percatase de que ya estaba lista y la mandase a comenzar con el entrenamiento antes de que llegase el resto. No porque no le apeteciese empezarlo, sino porque ser la primera de la fila era un privilegio que nunca había considerado que le correspondiese, y no tenía ningún interés en comprobar cual sería la actitud de las otras ante la opción de tomarse tal libertad. Ocultarse en el pabellón de la piscina no era tarea fácil, un rectángulo perfecto delimitado por cristaleras que hacían a su vez de paredes, constituían el recinto al que se accedía por una única puerta que venía de los vestuarios. No quedaba otra opción que ocultarse detrás, o entre las mayores, si es que estaban fuera del agua; o fingir estar entretenida en alguna tarea, como por ejemplo adaptar la goma de las gafas, mientras que merodeaba esperando. La llegada de las otras era para los demás mucho más notoria que la suya, solían entrar por parejas o grupitos, siempre entretenidas en conversaciones y jugueteos que les llevaba a elevar la voz algo más por encima de lo corriente, y en el paseo de la puerta al extremo izquierdo de la piscina, era frecuente que alguna de las entrenadoras les llamase la atención. Una vez estaban cerca del bordillo izquierdo (los trampolines estaban al otro lado) todavía quedaba esperar a que se pusieran el gorro de látex, y se decidieran a salir. Marina siempre salía del vestuario con el gorro puesto. El gorro era una tarea de dos. Mientras la que lo iba a llevar sostenía el extremo delantero contra su frente, otra debía estirarlo hacia la nuca, de modo que el cabello quedase perfectamente cubierto. Y luego, la que acababa de ponérselo ayudaba a su compañera. Como Marina nunca se atrevería a hacer un gesto a cualquiera de las chicas en solicitud de ayuda, era mejor que nadie le viese ponerse el gorro, pues aunque antes de ponérselo se recogía el pelo, era normal que alguno se escapase y tuviese que introducirlo debajo del látex con la mano, y aquello, aunque no tuviese nada de extraordinario, le hacía sentirse ridícula. Una vez superadas estas pequeñas pruebas sin que nadie se hubiese reído de ella, llegaba la mejor parte: lanzarse al agua, y olvidarse de todas las preocupaciones durante una hora, que era lo que duraba el entrenamiento estrictamente de nado, para luego comenzar con los ejercicios de sincronizada. Durante los entrenamientos no solían molestarla mucho; si acaso, los problemas venían cuando tenían que trabajar por parejas, pero no eran más graves que ser siempre la que se quedaba sin compañera si eran impares, o tener que ponerse con la que había sido más lenta a la hora de distribuirse si eran eran pares, y que esta hiciera una mueca de fastidio por tener que trabajar con ella. La natación era algo siempre individual, bastaba con mantenerse prudente, colocarse la última de la fila y no adelantar a nadie aunque pudiese ir más rápido.

Al zambullirse, Marina percibió el agua más fría de lo que desde fuera habría dicho que estaba, pero sabía de sobra que en unas cuantas brazadas, le parecería que estaría más caliente de lo que le habría apetecido, era cuestión de ponerse en acción. Para empezar, siempre lo mismo: cien metros libres; o sea, crol, que era lo que nadaban todas, aunque a ella le gustaba más la braza. Hizo los primeros cien metros de todos los días. Ida, y vuelta. Luego subir el bordillo, y esperar una indicación de Iñaki, o mirar en la pizarra la tabla de ejercicios. Ese día habían escrito su jornada de entrenamiento en la pizarra, por lo que todas sabían ya lo que tenían que hacer, pero Iñaki estaba entretenido dando instrucciones al grupo de las mayores. Y era una excusa perfecta para hacer un poco de tiempo, con el pretexto de estar esperando al entrador con el silbato que solía hacer sonar con el fin de marcar una sucesión de pitidos cada cinco segundos, que determinaría la entrada al contacto con el agua de cada una de las nadadoras. Marina alternaba la mirada de sus alargadas y esbeltas piernas a sus pies, cuando Carlota se acercó a ella y con una complicidad que invitaba a sospechar, le comentó en voz baja:

-¿Por qué siempre nadas la última?

El hecho de que una de sus compañeras le dirigiese la palabra de un modo personal, era algo que sobresalía ante cualquier expectativa, y aún más, teniendo en cuanta que quien se la había dirigido había sido Carlota, una niña a la que si Marina casi doblaba en altura aun siendo de la misma edad, ella cuadriplicaba en altanería. Era una de las más populares y respetadas en el grupo, y Marina, aunque tenía que bajar la vista para hacer coincidir su Mirada con la de Carlota, se sentía como si fuese ella la que miraba desde abajo.

[...]

Marina quería hacerlo bien, para una vez que le brindaban una oportunidad, no iba a echarla a perder. Así que se lo pensó muy bien antes de responder, pero como no le llegaba ninguna idea a la cabeza, respondió lo que en ese momento era más franco.

-No sé.

-Ahora toca una serie de cuatrocientos de braza, todas sabemos que eres la más rápida en braza. Podrías salir tú primero.

Lo primero que pensó es que aquella consideración seguramente le tendría reservada alguna trampa. Pero fuera lo que fuese, desobedecer una recomendación de parte de Carlota, habría sido peor que cualquier cosa que le tuviesen preparada. Así que, obediente, se colocó la primera y a la señal del silbato del entrenador, que entre tanto había vuelto, se zambulló por segunda vez en la piscina en una caída perfecta, su cuerpo se introdujo en el agua en el más estricto orden, desde la punta de los dedos de las manos, hasta el final de sus pies, y sin salpicar. Ahora, aleteo de piernas juntas hasta perder el impulso, y empezar a hacer brazadas como una rana. Nadaba atenta a sus compañeras, no quería perderse ningún episodio de lo que debía de estar por ocurrir; pero iban ya por los trescientos cincuenta metros, haciendo el último largo, y no había pasado nada. Tal vez quieran darme una oportunidad, pensó. Hace mucho que no se ríen de mí, a lo mejor ya les caigo un poco mejor. El tercer ejercicio eran otros cuatrocientos metros, pero ahora combinando un largo a estilo braza y otro a mariposa. Marina volvió a ser invitada a salir la primera. Por tercera vez, Marina se zambulle en la piscina, y realiza una vez más su caída perfecta, de manos a pies. Aleteo de piernas juntas, brazos estirados, se termina el impulso de la caída, y entonces hay que elevar el tronco y los brazos, ondular la cadera, y una patada de delfín, es decir, alzar los dos pies juntos hasta la superficie del agua para volver a dejarlos caer.. Y otra vez igual. Lo bueno del estilo mariposa, es que aunque sea mucho más cansado que los otros tres, te hace avanzar más rápido.

Lo cierto es que Marina era bastante buena en el agua, y en todos los estilos. Se podría decir, que el nado era en ella una sucesión de movimientos tan naturales, como en cualquier otro individuo puede serlo el caminar. Y los realizaba con total despreocupación, de modo que en seguida se olvidaba de que estaba nadando y se dedicaba a reflexionar sobre cualquier otra cosa. Estaba pensando en lo que haría al llegar a casa, tenía muchos deberes y muchas ganas de continuar leyendo un libro que había empezado justo la noche anterior, Los viajes de Gulliver. Se preguntó qué opinarían sus compañeras de ella si supieran que leía libros de esta clase, sin que le obligase a hacerlo ningún adulto, o incluso qué harían si descubrían que leía libros.

Ya había cambiado a braza, y sintió entonces que algo le rozaba los pies, pensó que habría disminuido el ritmo, y que molestaba a quien le seguía, así que se aceleró para no ser un estorbo y se mantuvo en su velocidad acelerada; pero en seguida notó unas manos otra vez en sus pies, y consideró que podría ser mejor ir más despacio, porque también podía ser que quien le siguiese quisiese adelantarle. Cuando frenó el ritmo, en vez de ver como alguien pasaba por su izquierda, sintió que la mano que antes le rozaba los pies ahora le tocaba el tobillo izquierdo, y de sentir la mano en el tobillo, pasó a darse cuenta de que le había agarrado con fuerza y tiraba de ella hacia atrás. Se incorporó para ver qué sucedía y esperando una explicación de quién tiraba; pero tal cual se giró vio a Sol nadar en línea recta, de tal modo que ella tuvo que apartarse a un lado para que no chocasen. Fue a seguir con su nado, volviendo a la calle derecha, y reiniciando la marcha, pero apenas había dado un par de brazadas cuando se dio cuenta de que ahora era Carlota quien le tiraba. No tuvo que esperar a una tercera para determinar que lo mejor, definitivamente, era esperar a que pasaran todas. Se quedó al lado izquierdo de la calle, y como le resultaba frustrante mirar a las caras de sus compañeras, que habían vuelto a reírse de ella, se dejó hundir y se dedicó a observar sus pies otra vez, pero ahora debajo del agua. Carlota, Clara, Sol, Julia, Amelia, Amalia, Ana, María, Chloe y Victoria. Ya la habían adelantado todas. Marina siguió nadando. Al poco, regresaban a su izquierda y en sentido opuesto, y coincidió que Carlota elevase el tronco y la cabeza, en el estilo de mariposa; con que Marina se preparase para una nueva brazada sacando la cabeza a la superficie, aún en braza. Confluyeron las miradas a través de las gafas, a la misma altura esta vez.

Tampoco era tan grave, a fin de cuentas, ella sabía bien que no había ningún motivo para que justo en aquella tarde, el trato que estaba acostumbrada a recibir cambiase. Siguió nadando e intentó no prestar atención a lo que acababa de suceder. No era nada extraordinario, se repetía. En no mucho tiempo, ya había recuperado el ritmo, y se encontraba a la prudente distancia de un metro respecto a la penúltima. No se esforzó en su mariposa, y se mantuvo a la misma distancia. Ya casi se había olvidado de lo sucedido, cuando todas, casi al final de los cincuenta metros frenaron en seco. Marina paró también, por lo que Victoria, que era la última, sin acercarse demasiado a ella le preguntó que por qué se paraba en vez de continuar nadando, que si pensaba hacer siempre lo que hicieran ellas. Marina no contestó, desvió la mirada a la derecha y a la izquierda, esperando encontrar a Iñaki o cualquiera de las entrenadoras con el fin de que las viesen allí paradas y les ordenasen seguir nadando. Pero Iñaki no las había visto, estaba concentrado en su cronómetro y la la calle uno, tampoco alcanzó a ver a ninguna de las entrenadoras. Así que lo único que se le ocurrió hacer -mejor que contestar a Victoria-, fue seguir nadando, pues la pregunta que acababan de hacerle no invitaba a otra cosa. Mientras las demás permanecían quietas, ella avanzó hasta alcanzar el bordillo, hacer un viraje y empezar el largo de nuevo. Poco tardó en colocarse Carlota detrás, y volver a sentir su mano en los pies. Por un momento tuvo la intención de nadar tan rápido como sabía que podía hacer, de modo que ninguna pudiese alcanzarla y terminar de una vez con el ejercicio, pero pensó que aquello habría sido retarlas, o responder a la declaración de guerra que volvían a hacerle en aquel día por segunda vez, y no quería luchar contra ninguna de ellas, al contrario, se moría de ganas por ser aceptada en el ejército que se le presentaba como enemigo. Para no contrariar, hizo lo que sabía que querían que hiciera, apartarse y colocarse la última. Esta vez ni siquiera hizo falta que llegasen a tirar de ella. Se apartó, esperó a poder ocupar la última posición, y siguió nadando. Lo hizo de una forma mecánica, como estaba acostumbrada a actuar, pero cometió un error: darle al hecho más importancia de lo que, en el fondo, ella sabía que merecía. Dejó a un lado Los viajes de Gulliver, las tareas y el qué habría para cenar; se preguntó así misma lo que tantas veces se había preguntado: ¿por qué? Inclinó la cabeza hacia al tronco a la vez que continuaba nadando, y se miró el cuerpo buscando alguna marca que la hiciese distinta; el bañador, en busca de alguna fisura, alguna mancha, que sirviese de burla; se tocó la nuca buscando algún mechón de cabello que se escapase del gorro; y nada, no encontró nada que a su juicio, la hiciera diferente a las otras, al menos en lo físico. Pensó también en lo que decía, o en lo poco que decía, porque solía permanecer callada, y recordó frases estudiadas que había pronunciado con desgana pero con aparente entusiasmo y naturalidad con el fin de agradar; también recordó que había reído bromas que para ella no tenían gracia; que había dicho “yo también” sin compartir ninguna opinión más de una vez; y sobre todo, en lo mucho que callaba para no molestar. Con todo, nada era suficiente, y la culpa era suya, por no ser capaz de encontrar la fórmula para ser aceptada. No quería ser especial, no quería convertirse en la más querida, ni siquiera soñaba con ser invitada a una de esas fiestas de cumpleaños -eso quedaba demasiado lejos como para planteárselo-; se conformaría con no tener por qué hacerse ese tipo de preguntas; y no tener que inventar excusas, como por ejemplo la de aquella vez en la que se pasó toda la tarde sentada en el muelle, mirando a las piraguas que se desplazaban por el río; cuando un anciano, miembro del club, le preguntó que qué hacía tanto tiempo allí solita en vez de jugar con sus amiguitas; y ella, por no contestar que no tenía amigas, tuvo que inventar que le encantaba el piragüismo y que le divertía verlo, y soportar un discurso de casi una hora, que le propinó el señor sobre éste, cuando en realidad no le gustaba en absoluto. De un modo u otro, era su culpa. Se repitió esta última frase varias veces. Su culpa, y no había nada que ella pudiese hacer para solucionarlo,ni siquiera conocía de donde partía el problema, lo cual le desconcertaba terriblemente, pues aunque era muy joven y un poco ingenua, estaba acostumbrada a salirse siempre con la suya, y si esto era así, era porque conocía a la perfección el orden en el que actuaban las personas que le rodeaban, y los motivos que les llevaban a hacerlo así. Y en este caso no lograba entender ninguna de las dos cosas. Estaba pensando en qué más podría hacer para parecerse más a las otras, cuando tocó el bordillo, y se dio cuenta de que habían terminado la serie, y de que estaba llorando. Se quitó las gafas para limpiar el vaho que se había formado en las lentes de plástico. Carlota vio que tenía los ojos irritados, y que era de estar llorando.

-¿Por qué lloras?

Marina permaneció callada, como si no se hubiese enterado, y Carlota repitió la pregunta.

-Por nada, no estoy llorando.

-Sí estás llorando.

Esto lo dijo más fuerte que la pregunta, de tal modo que las demás se dieron cuenta, y miraron a Marina.

Y para borrar todo posible rastro de culpa, a Carlota se le ocurrió la mejor idea. Aunque Marina pensó que lo hizo solo porque realmente se había preocupado; lo que no era del todo cierto, porque aunque estaba impresionada por ser la primera vez que habían hecho a Marina llorar e incluso había sentido algo de pena por ella, era mucho mayor el miedo que tenía por ser reñida por parte de los entrenadores. Así que salió del agua, y fue a buscar a Iñaki. Desde lejos pudo ver como Carlota, con expresión preocupada, le decía:

-Marina llora y no sabemos por qué.

Y no sabemos por qué, repitió Marina en su cabeza.

[...]

Sunday, 24 January 2010

SLURP TV





Estos son los videopromo que hacen los gemelos Xavi y Dani, o como ellos dicen, caspavisual. Podéis ver más aquí e incluso en la Espace Cultura Ample.
¡No tiene desperdicio!

Wednesday, 20 January 2010

EL PAÍS


Hoy ha salido en El Pais, un artículo sobre mi exposición de China y estoy muy contenta. Tanto el texto como la foto me gustan mucho. Muchas gracias al redactor, Pedro Espinosa; y al fotógrafo, Eduardo Ruiz.
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Tuesday, 19 January 2010

Photobucket

I said.

Monday, 18 January 2010

DIE KOSMONAUTIN LAIKA fucking black xmas







die Kosmonautin Laika es una firma que comparto con mi amigo Ricardo y estas son unas prendas que ha hecho él estas Navidades, las fotos también son suyas. Los modelos son los hermanos Wallenstein.
¡Pronto habrá novedades, y grandes!

Thursday, 14 January 2010

DIARIO DE CÁDIZ


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Wednesday, 13 January 2010

You will be all welcome!


Sunday, 3 January 2010




You and I
Underneath a sky that's ever falling down, down, down
Ever falling down.
(Brian Eno)

Marina Alonso, es la modelo.
En Valencia, 2009