Saturday, 3 April 2010

Escribir ya es un acto de por sí, suficientemente vanidoso como para poder creerse uno con el privilegio de ser capaz de hacer de la buena moral una obra de arte.
Ya en el colegio me disgustaban aquellas redacciones que escribían algunos de mis compañeros con una moraleja impregnada de la más detestable política correcta. Incluso me acuerdo de cuando en el tradicional concurso de cuentos de primavera, le dieron el premio a Clara por haber escrito a modo de denuncia sobre un niño al que todos sus compañeros acosaban; en vez de dárselo a mi amigo Javier, que había presentado una divertidísima historia sobre una niña que se perdía en el zoo y se lo pasaba chachi de jaula en jaula; y que además, escribía objetivamente, mucho mejor. Yo no me presentaba nunca a esos concursos a no ser que fuese obligatorio. Aunque por aquel entonces ya escribía bastante, pensaba que lo que yo escribía no interesaría a nadie, además de porque no tenía nada ni de chistoso, ni de moral, porque no se ajustaba a ninguna norma, ni siquiera eran cuentos de principio y final. Así que como no participaba, me distraía leyendo las propuestas de los que sí lo hacían, criticándolas y elogiándolas según merecían, aunque interiormente. No me apetecía sufrir las consecuencias de herir el orgullo de nadie.
Hubo una vez en la que sí di mi opinión sobre una de esas composiciones de moral barata y el resultado dejó mucho que esperar. Fue en casa de Julieta, la hija de unos amigos de mis padres. Recuerdo que estábamos jugando a columpiarnos en el jardín, y que me preguntó que qué pediría yo a los Reyes Magos. Aún era octubre, pero se estilaba mucho eso de redactar las cartas con varios meses de antelación. Yo le canté de memoria mi interminable lista, pues no me privaba de nada; y cuando terminé ella corrió a dentro de la casa y a los pocos minutos salió con un sobre del que sacó su manuscrito real. Se puso a un lado del árbol, donde yo pudiese verla bien, levantó la cabecita, alzó el papel y previa aclaración de garganta, comenzó a leer:
Queridos reyes magos, este año he sido muy buena pero me conformaré con un sólo regalo, sólo os voy a pedir que le llevéis comida a los niños pobres de África.
Yo no habría dicho nada si ella no me hubiese preguntado, pero seguramente esperaría que le halagase como ya habría hecho algún adulto. Así que insistió en que le diese mi opinión, y como mi estilo no era mentir, sino omitir la verdad para no tormentar a nadie, ni a mí misma; obligada a hablar, atacaría con la cruda realidad.
- Es mentira, y una cursilada.
Ella ofendida por no haber recibido un piropo por su bondad, me contraatacó de vuelta, aunque de un modo pésimo, reutilizando mi insulto.
-Pues tú sí que eres cursi.
Y dicho esto tiró del lazo que llevaba en mi pelo, y con fuerza lo estampo contra el césped y luego lo pisó. Yo sabía ya de antiguo, que a las niñas enfadonas de respuestas violentas, lo mejor era no contestarles físicamente; así, no solo se evitaba una daños, sino que además era la mejor forma de hacerlas rabiar.
- Yo no soy cursi. Y solo te he dicho que eso no es verdad, porque seguro que te traen montones de barbies, y tú no las cambiarás por comida, y los reyes no existen porque sino no habría niños pobres, y además los niños pobres no viven solo en África.
Para qué dije nada. No solo escupió mi lazo aplastado, sino que se echó a llorar y se fue corriendo a los mayores para chivarse, que tomaban café dentro de casa.
Chivata, llorica y cursi. Reunía las tres peores cualidades que alguien podía poseer a los ocho años.
Una regañina por decir la verdad, y mi lazo del pelo lleno de babas de chivata fueron el resultado a mi primer enfrentamiento contra la moral fácil.
El segundo no fue un enfrentamiento siquiera. Fue de nuevo un planteamiento interno, porque si ya en mi infancia los que hacía públicos eran tomados de muy mal agrado, ni qué decir tiene como lo habrían sido en mi adolescencia y en mi comienzo de vida adulta.
Sólo me he presentado a un concurso de literatura en toda mi vida, y fue porque la bibliotecaria de mi colegio y mi profesora de literatura insistieron mucho en ello. Era un concurso provincial, consistía en continuar un relato ya comenzado por un escritor. A mí me dieron el segundo premio, que no está nada mal, considerando que era al primer concurso que me presentaba y que tampoco le había prestado mucho entusiasmo. El segundo puesto me pareció un lugar excelente hasta que en la ceremonia de entrega de premios, la ganadora leyó su relato y era la clara representación de lo que ya he descrito. Una reconciliación apasionada entre un padre y un hijo, una adjetivación extrema que no venía al caso, un léxico rebuscado, y esa terrible moraleja. La moraleja.
Mi relato no era mejor que otros, no era extraordinario, pero al menos me había preocupado de mantener el estilo del autor, de que concordase con el comienzo y de usar un vocabulario a mi medida. No tenía ninguna intención.
Totalmente al contrario que el relato ganador, que no prestaba ninguna atención a la forma, ni había seguido pauta alguna. Todo sea por el contenido, sacrifiquémoslo todo, metamos cuatro sensiblerías y llevémonos al jurado y al público al bolsillo. Qué fácil. Lo siento, pero aquello me estaba pareciendo una trampa tremenda que no sólo no había sido descalificada, sino que incluso habían premiado. Utilizar la política para un fin cultural, qué infame. Política y juego sucio pueden ser sinónimos, pero nunca deberían serlo de literatura.
Mi amigo Benjamín me acompañaba en la ceremonia, aunque estaba muy serio y muy calladito porque él es muy educado, por dentro se desternillaba de la risa al verme la cara, a pesar de que yo también permanecía seria y callada, tratando de ser educada. Afortunadamente, no tuvimos que decirnos nada para compartir la idea de que aquello nos parecía a ambos una bazofia.
Y para colmo de males, la ceremonia terminaba con una lectura de libre elección que haría cada participante seleccionado.
Nuestra tramposa nos sorprendió con un fragmento de Romeo y Julieta, por si no habíamos tenido suficiente. No quiero decir que también catalogue a Romeo y Julieta de falsa literatura. Por supuesto que no, no soy tan tonta como para no percibir lo elevado de las obras de Shakespeare. Pero elegir Romeo y Julieta entre todas sus obras, teniendo dieciséis años, en una entrega de premios. Hay que ser aguafiestas...
No habría tenido nada de malo, en realidad, si no hubiese sido por la idea preconcebida que yo me había hecho de ella al oír lo que había escrito, pero después de aquello, esto solo podía entenderse como el colmo.
Yo me traía preparado un fragmento de El nene, un relato que se incluye dentro de el libro Yo, etc... de Susan Sontag. Pero cambié en seguida de opinión al ver aquello, por si acaso alguien podía confundirse y pensar que yo también era una moralista (aunque lo que escribe Susan, jamás ha tenido nada que ver con eso, pero encontraba al público despistado y falto de percepción, y quería dejar claro quién era yo). Elegí otro relato del libro, Espíritus norteamericanos. Aquella parte en la que la señorita Carichata encuentra al señor Obscenidad, por el que abandona a su familia, con dos hijos, la presidencia de la asociación de padres y madres de la escuela Green Grove y la de la asociación de boy scouts, y descubre su verdadera vocación: la prostitución y la mala vida.
Tal vez hubo quien pensara que mi elección era de muy mal gusto. Pero yo estuve encantada.
Con todo, estos no son los únicos incidentes que se han dado a lo largo de mi vida sobre la moral fácil entendida como arte. Desgraciadamente esta me persigue allá donde voy, o puede que impregne todos los supuestos círculos artísticos y no todo el mundo sea capaz de percibirla, o que a mí me moleste más de la cuenta.
No sé por qué me han venido a la cabeza esos tres días. Tal vez sea porque deteste que no sean mis amigos los que ganen siempre, porque soy terriblemente avariciosa y quiero para mí todos los juguetes bonitos, o porque no sepa perder. Pero no importa, no soy políticamente correcta, ni mi buena consciencia es envidiable. Puedo permitírmelo.

En cualquier caso, ni la política, ni la moral; deberían mezclarse con el arte.

(de mi diario, hoy 3 de abril de 2010, en Cádiz.)

6 comments:

Anonymous said...

uff, ¡menudo relato! todo lo que dices es cierto, lo ha sido, lo es y lo seguirá siendo desgraciadamente. Enhorabuena.

Kiz said...

Totalmente de acuerdo ; )

isabel said...

Me ha encantado. Y lo que me encantan son tus reacciones. A mí también me molesta la solidaridad barata y lo políticamente correcto.
Imagino la cara que se les quedaría cuando empezaste con ese relato.
He estado un poco ausente y no había visto tus post. Quiero que sepas que me han gustado mucho. Las fotos son muy chulas. ¿Alguna obsesión especial por las rodillas?, jeje
Sigue así guapa.
Besos desde Estella.

Emma said...

Vaya que sí... ha sido todo un gustazo leerte :)

Pintamonadas said...

Me ha encantado, Coco, mucho.

Anonymous said...

Ha captado mi atención todo el tiempo