Monday, 15 February 2010

Ahora recuerdo mi arjé de la infancia: yo. Era claro que el mundo existía porque yo existía. De hecho resolvía grandes vacíos de la Historia de la Filosofía de la forma más sencilla que nadie hubiese podido imaginar. Toda la existencia se limitaba a mi visión, lo que yo no había visto o mi madre (nacida exclusivamente para parirme a mí, centro del universo; que habiendo parido algo tan supremo como yo, la verdadera esencia, no podía decir ninguna mentira) no me había contado, sencillamente no existía.
Ejemplificaré para solventar cualquier duda que haya podido quedar. Si yo iba al colegio, y veía a dos niños pegándose y pensaba: no entiendo por qué se pegan de seguido me afirmaba a mí misma: se pegan, para que yo piense por qué se pegan. Si la profesora escribía la fecha en la pizarra (no sé por qué siempre que rememoro la escuela primaria, la primera imagen que me viene a la cabeza es la de mi profesora escribiendo la fecha en la pizarra), la escribía para que yo la viera, pero hacía el papelón de ser profesora de todos por no quedar mal, ni yo me creyese demasiado, que a fin de cuentas, era una lección que tenía que enseñarme. Mis compañeros, tenían la principal función de ser mis compañeros, que luego tuvieran vida propia, era ya otra historia. Cuando estaba enferma y me quedaba en la cama, pensaba que ensayaban para comportarse adecuadamente cuando yo estuviera. Aunque tampoco exageremos, esto lo habría pensado un par de veces y punto, a mis seis años la existencia me importaba un rábano, yo estaba demasiado ocupada existiendo. No obstante, esa teoría era bastante admisible, considerando que era absolutamente insensible y un poco sociópata, era capaz de pensar, por ejemplo, que la gente que salía matándose en una guerra en el periódico de mi padre, se mataba para que yo viese que la guerra existía...
Tampoco voy a ser tan dura con el yo de mi infancia, estoy olvidando que tal vez ni siquiera hubiese asumido lo que significaba “morirse”, ni “dañar”. Para mí una herida era algo que solo afectaba a la piel, que tapando con una tirita, se sanaba al cabo de unos días. Y a mí ningún niño, ni ninguna niña, me había empujado. Solo yo tenía la facultad de caerme al suelo cuando corría, y hacerme heridas, y era el único motivo posible por el que se podía llorar, y encima venía premiado de una sesión extra de mimos maternos; pues por supuesto, era mi sagrada madre, con su única función existencial de parirme y hacer por mí desde ese momento todo cuanto yo pudiera necesitar, la que me ponía las tiritas. Y encima las mías tenían ilustraciones estampadas y no eran tan sosas como la de los otros niños. Anécdota: más de una vez, mi madre me encontró llenándome el cuerpo de tiritas sin tener yo ningún mal. No era culpa mía que ella comprase las más bonitas.
Consideraré también, habiéndome dado cuenta justo ahora, que yo no era mi única fuente de felicidad, no eran mis decisiones las únicas que me afectaban: eran las mías y las de mi madre. Pero solo esas, y ninguna más. No obstante, evidentemente, las mías tenían mucho más peso. Que mi madre me mandaba a dormir y yo tenía que obedecerla sin rechistar, no pasaba nada. Ya encontraría yo una voz interna que me diera la razón. Y así era, mi voz interior me decía no te preocupes, necesita mandarte a la cama para sentirse mayor y poderosa. Porque en el fondo es mayor y poderosa, pero no más que tú. Fíjate si es conformista la muy ingenua, que le basta con que te acuestes sin decir nada y no tiene ni idea de todo esto que estás tú aquí pensando. Por su puesto tu estás por encima. El pensamiento es libre, a la vista está. Así era muy fácil tener razón siempre en todo, y por supuesto, yo la tenía. No hacía ningún mal al mundo si le daba lo que esperaba de mí, mientras que en el mío interno donde también regía el yo, con la única diferencia de que no tenía que andarme con rodeos, sino que todo partía de mí para mí, hacía lo que me daba la real gana, y lo interpretaba todo a mi gusto. A fin de cuenta, quien mejor para darme la razón que yo misma, que era el ser supremo y mi esencia era mi existencia. Desde luego, el que discute es porque quiere. O porque valora a los demás más que a sí mismo. Qué más dará lo que hagan los demás, si eres consciente de que tú haces lo correcto. Por supuesto, esta idea también deriva de no sentir nada por nadie, y no preocuparte que alguien a quien estimas pueda equivocarse y pasarlo mal, o que le corrijas alguna una idea que tú consideras errónea, con el fin de resolverle algún problema futuro. Qué más dará lo que piense, si para mí sus ideas tienen un valor igual a cero, ya me encargaré yo de convencerme a mí misma interiormente, de que soy yo la que camina en la dirección correcta.
El egocentrismo, se me habría quedado corto. La única que me preocupaba además de mí, era mi madre, que además de haber nacido para parirme, era la perfección personificada; pero con la perfección no se discute, a la perfección solo se la imita. Así que, aunque acogiera con poco agrado algunas indicaciones de mi madre, en el fondo intuía que tenía razón.
La verdad es que con esta dinámica de vida, era fácil ser feliz ante cualquier circunstancia. Yo, yo y yo, y una leve presencia de mi madre, con la que era muy fácil convivir porque no solo era perfecta, sino que encima, me adoraba, y sabía que a ella le gustaba que yo también la adorase, y no me tomaba ninguna molestia en disimularlo porque eso acrecentaba el amor recibido. Lo que se dice, una buena empresa.
Era una niña mimada, aunque tampoco era difícil mimarme. Yo no daba problemas, estudiaba todo hasta el final, y además con interés, porque aprender me resultaba divertido, era un entretenimiento como otro cualquiera. Lo mismo era cantar la tabla de multiplicar, que el patio de mi casa. Ambas eran canciones que había que aprenderse, y la primera además de canción era práctica, y a los mayores gustaba. Habría sido de idiotas, decantarse por la segunda, que también me la sabía por si acaso.
Me gustaba leer más que ninguna otra cosa, y mientras que otros niños piden consolas y otro tipo de artilugios a sus padres. Para los míos, era muy fácil mimarme comprando colecciones y colecciones de libros, desde la de El barco de vapor, primero la serie azul, luego la naranja (a la roja nunca llegué porque me aburrieron los libros para niños antes de la cuenta) a clásicos universales.
[...]
Descubriendo en mí a tal déspota, sorprenderá saber que sí que jugaba con los otros niños. No tenía amigos, pero desempeñaba mis funciones de niña a mucha honra. No todos los niños tienen amigos, y no todos tienen interés en tenerlos.

6 comments:

Dara Scully said...

Pobrecilla. Muchos niños son yo, yo y después yo, pero ser una pequeña sociópata desde los seis años tiene que ser verdaderamente espeluznante.


pd: te dejo galletas.
un mimo

Lúa said...

Lo del Centro del Mundo a mí me sonaba de lo más estúpido, era un término tremendamente idiota si tenemos en cuenta que no estaba ni presente ni ausente en mi vida. Equiparable a conceptos como Matrices de Valoración, Economía Sumergida o el Principio de Incertidumbre, idioteces, vamos.
Algo cambió cuando ese centro del mundo inexistente varió su posición, se traslado fuera de mí, entonces tomó relevancia. No sé si eso es hacerse mayor, la verdad, siempre me dio un poco igual. Ahora sé resolver matrices, neperianos y en mis mejores años de facultad hamiltonianos de cierta complejidad, algo entiendo de economía (nunca mucho, más bien tirando a lo justo) y puedo escribir más de cuatro frases seguidas hablando sobre la dualidad onda-corpúsculo de la materia, la ausencia de certezas y la presencia de probabilidades que la caracterizan. De la misma forma que puedo indicar sin fisuras ni dudas donde se encuentra exactamente dicho Centro del Mundo.
Y no, no es mentira, nadie besa así. Au.

pepe said...

Jamás pensé que una cosa tan pequeña y con un nombre tan singular pudiese tener ese ego que describes en tu post. Se notaba que eras diferente:Tu manera de mirar al mundo desde tu carrito e incluso fuera de él..., te recuerdo, no sé si estaré confundido, siempre abrazada a un muñeco de trapo o con un libro en la mano. Tu forma de relacionarte con los otros niños, yo creía que eras una gran tímida y resulta que eras Coco-ego, ¡cómo engañan las apariencias¡, y ¡qué imbéciles pueden llegar a ser los adultos con sus estúpidas conjeturas¡,no sabemos nada de los niños..a partir de ahora, cuando mire a un mocoso, lo haré con otros ojos, gracias a tí, Coco.

pepe said...

Jamás pensé que una cosa tan pequeña y con un nombre tan singular pudiese tener ese ego que describes en tu post. Se notaba que eras diferente:Tu manera de mirar al mundo desde tu carrito e incluso fuera de él..., te recuerdo, no sé si estaré confundido, siempre abrazada a un muñeco de trapo o con un libro en la mano. Tu forma de relacionarte con los otros niños, yo creía que eras una gran tímida y resulta que eras Coco-ego, ¡cómo engañan las apariencias¡, y ¡qué imbéciles pueden llegar a ser los adultos con sus estúpidas conjeturas¡,no sabemos nada de los niños..a partir de ahora, cuando mire a un mocoso, lo haré con otros ojos, gracias a tí, Coco.

Cocoladas said...

Jajaja. Pepe, yo no era tan egocéntrica como me pongo en este texto, era un poco egocéntrica, como todos los niños pero sin llevarlo al extremo. Es una licencia literaria que me he tomado. Si no hablaba mucho con los otros niños era sobretodo por timidez, era demasiado pequeña para ser tan estirada, jaja.
Mua!

Peter Caronte said...

tener amigos a veces es tan dificil...

me ha gustado tu blog