Tuesday, 31 March 2009

Talla grande

En la despensa no había cereales y ha sido entonces cuando me he dado cuenta de lo mucho que echo de menos estar en casa, tanto que me habría puesto a lloriquear y a llamar a mamá si no fuera porque tengo quince años (que en el fondo son bastante pocos), y de acuerdo con la vida que llevo (que a veces me queda grande) estaría totalmente fuera de lugar.

Como no podía ponerme a patalear porque no hubiese cereales cuando en mi casa (la de verdad, digo ) nunca faltan, me mordí el labio, cerré los ojos un poco para que no se me escapase ni una sola lagrimita y me puse a escribir a mamá contándole que estoy muy contenta y que todo va tan bien como esperábamos, y que me gustaría mucho saber del verano en Saint-Tropez . Terminé la carta con un te echo de menos. De haber tenido unos cuantos años menos o fuese yo de otra forma, le habría subrayado una vez tras otra la frase, o incluso habría comenzado así, y le habría dicho que no hay nada que desee más que estar en casa (en la antigua de Dulwich, Crystal Palace Road, no en la nueva) encerrada en mi habitación leyendo y asomarme a la ventana y verla a ella hacer lo mismo en el jardín, y escuchar a mis hermanos jugando en el desván. También le habría dicho que no me gusta Manhattan, y que mi padre tampoco me entusiasma demasiado, que no sé muy bien qué clase de persona es, y que no creo que me vaya a resultar fácil descubrirlo, porque nunca está en casa, y cuando salimos juntos a cenar siempre vamos rodeados de gente que habla de películas, libros, exposiciones y negocios que pintan muy interesantes, pero que no invitan nada a que uno se desenvuelva personal, sino sólo, culturalmente. [A veces no sé lo que digo, ¿desde cuándo lo cultural se escapa de lo personal?] También, que mi padre sale con una rubita que me cae aún más gorda, que el soso de Terry, el marido de mi madre; y que cuando la veo trato de parecer lo más educada posible, pero que a veces yo creo que se me nota en la cara. O que ya me he cansado de Paul Auster, y lo bien que estaría yo en alguna playa de la Costa Azul, leyendo a Françosie Sagan con ella al lado tumbada al sol, y pendiente de que mis hermanos no se ahoguen. Pero sobre todo, lo más relevante de todo cuanto podría haberle dicho, es que por qué me tiene tan en cuenta cuando hablo, que por qué me presta tanta atención, y me hace caso a todo lo que digo. Si, fíjate, no sé lo que quiero, y tengo que morderme el labio y cerrar los ojos para que parezca que tengo mi edad y que la talla de esta vida no me viene grande.

Saturday, 28 March 2009

Esnobismo ilustrado


Seis de marzo de dosmilnueve
Jaime Mercant y yo
Cádiz

Wednesday, 25 March 2009

Toba Khedoori






Toba Khedoori hace dibujos sobre enormes superficies de papel, pero tan solo ocupa una pequeña parte de ellas. Así te concentras en un solo elemento. En sus exposiciones, generalmente, los folios se grapan a la pared, sin más. Ningún marco, ningún cristal, ningún panel. Lo que más me gusta es su minuciosidad a la hora de dibujar, y el hecho de que separe elementos, que en realidad pertenecen a un todo; como las rejas de un campo de concentración, un tren, o incluso una grua. Te obliga a prestar atención a tan solo esa parte que ella ha querido reproducir.

Monday, 16 March 2009

¿Conoces esa sensación? Gritar y gritar hasta vaciarte y que nadie oiga tu voz, que tan solo resuene en tus oídos. Este grito es mío, y grito porque me da la gana. Puedes correr al mismo tiempo, así con los brazos extendidos como si fueras un avioncito y sentir el viento contra tu cuerpo, que te despeina, y te seca los labios, y te obliga a cerrar los ojos. Corres y corres, y no huyes de nada, corres porque te gusta correr y jugar con el viento.
No es lo mismo, claro; pero es parecido a llevar una camiseta grande, muy suelta, de tirantas y que de cuando en cuando venga una brisa y se cuele por dentro, y que al sentarte quede un espacio suficiente entre la camiseta y tú, como para que puedas, si miras hacia abajo, por dentro de la camiseta, verte el ombligo, mirarte el ombligo. Tu ombligo, casi a la mitad de tu cuerpo, el centro del cuerpo, de ti. El centro de tu cuerpo. Sí, algo así como dejarte llevar por esa sensación de ombligo del mundo. ¿Qué puedes ser sino el ombligo del mundo, de tu propio mundo?
Volviendo a lo de la camiseta, es mejor que sea blanca, ¿sabes? Porque el blanco devuelve todo los colores que recibe de la luz, y no absorbe ninguno. No toma nada, se mantiene neutro. Mantenerse neutro a veces, debe de ser bueno. No tomar nada externo como propio, autoconstruirte en un aspecto determinado.
Si te emborrachas demasiado, lo ves todo borroso y lejano a ti. Como si lo que te rodea tan solo te rozara y nunca llegase a tocarte. Y te hablan, y te cuentan, y te susurran al oído, pero todo eso ocupa un segundo plano, el primero es para tu pensamiento que se concentra en el color de las luces de allí, y en los zapatos que lleva aquella chica, y en el sonido. Voy a terminarme esta copa, y luego daré vueltas sin parar siguiendo la música, y me parecerá que todos ríen, porque río yo, la risa resuena en mí y ahora mismo no oigo otra cosa. Soy risas y nada más, ahora no me importa demasiado quién soy, ni en qué o en quién creo, ni a quién quiero o dejo de querer.
Querer, ¿has pasado mucho tiempo sin querer a alguien? ¿Sin que alguien te guste de veras? ¿Has llegado a olvidarte de todo ese rollo? Si lo haces, en ciertos momentos puede resultar casi tan placentero como atraer y ser atraído. Entonces, todos son tan encantadores como insípidos. Y da igual ir más o menos guapa, o que estés de mejor o peor humor, es igual, nadie te tiene que ver, eres tú quién se observa, quién busca reconocerse en los reflejos. Estás guapa, porque te gusta verte guapa, y estás de buen humor porque has visto una película muy divertida, al igual que aquella es objetivamente atractiva y es un gusto mirarla, y este otro es un aburrido y me aturde escucharle, y me voy porque no tengo ganas de atender a memeces, y sigo a la guapa porque me gusta saber hacia dónde caminan las guapas; pero el camino me está pareciendo demasiado largo, así que mejor me voy y sigo hacia el que era mi destino, y no tengo que mirar hacia atrás por haber tomado una ruta distinta a ella, porque me da igual que girase a la derecha o de la izquierda, porque soy yo la que camina, y si quiero me paro a mirarla porque tengo tiempo, pero no se me ha olvidado a donde iba. Ir hacia dónde quieres ir, y que no te entretengan en el camino. Todo un lujo.
El mismo que el de no pertenecer a ninguna religión y no estar obligada a practicar ningún culto. Porque, ¿sabes tú? Hoy me es totalmente indiferente que Dios crease el mundo en seis días y el séptimo se lo tomara de vacaciones, me la suda que después de muerta mi alma vaya a reencarnarse, y soy totalmente ajena a las relaciones públicas de Siddhartha fuera de su palacio. Sí, anoche me dejé el filete de cerdo en el plato sin probar bocado. Nada tiene que ver con ningún dogma. Me apetecía algo fresquito y dulce, estuvo tan rico el helado…
Lo bueno de una gran ciudad es que siempre hay una buena heladería abierta, y por la calle hay gente que anda rápido. Puedes perderte entre la multitud, y en ese momento, darte cuenta de cuán insignificante eres, del poco peso que tienen tus decisiones, tus destinos, todo ese palabrerío que tienes en la cabeza y la libertad que esto supone. Si te caes, te levantas, y nadie repara en ello. Puedes tropezar una vez tras otra, puedes tirarte y revolcarte por los suelos, que nada influirá en la vida de los que ahora mismo te rodean sin reparar en tu presencia. En realidad tú tampoco ves a nadie, sientes a la humanidad como conjunto, pero nada más. Mira, si te observasen desde una de las ventanas de ese inmenso rascacielos, no serías más que un punto entre miles, o un millón. Y si aún subieran más, desde un avión. Ni siquiera serías un punto, nadie te vería, no serías nada para el que mira. Pero, ¿sabes? Te has caído y te has vuelto a levantar, y ahora piensas en llegar a la heladería. Tienes una intención que te pertenece. Ese es su único valor: la propiedad de la intención. Su verdadero valor; para ti, un inmenso valor. En este instante nada debería tener más fuerza que eso. Piénsalo bien. Dime, ¿conoces esa sensación? ¿Estás corriendo?

Friday, 13 March 2009

I made a mistake

Ésta es mi hermana pequeña, que cada día está más grande.

Wednesday, 11 March 2009

Me desperté con el sonido del teléfono ; sí, entonces siempre estaba durmiendo; o tal vez, debe de ser esa horrible sensación de letargo que me invadía, y me hace recordarme en esa época durmiendo todo el tiempo, puede que sencillamente estuviese en la cama adormecida, enredada entre las sábanas, pensando alguna cosa, o incluso sobre el escritorio, leyendo algún libro; pero recuerdo el sonido del teléfono como el de un despertador.
Corrí hacia él pero se cortó antes de que contestara. Pensé que podría haber sido Diane, y eso me obligó a pensar en ella más de lo que hubiese querido, hasta el punto de hacerme sentir culpable. Se me ocurrió telefonearla, pero luego decidí ir a su casa, sería mejor hablar directamente con ella.
No tardé más de una hora en salir de casa, el tiempo de contestar a un par de emails de trabajo, arreglarme, comer algo y sacar el coche del garaje.
Durante el camino estuve pensando en lo que lo diría. En realidad, buscaba una nueva excusa que pudiera justificar una vez más mi aparente indiferencia (¿tan sólo aparente o era verdadera?). Creo que lo hacía por sentirme mejor conmigo misma y eliminar aquel insoportable remordimiento de consciencia, no porque realmente creyese en la necesidad de hacerlo porque pensase que mi actitud necesitase ser disculpada. Creo que no podía con la responsabilidad de influir sobre el estado de ánimo de otra persona. Era superior a mí.

Saturday, 7 March 2009

Friday, 6 March 2009

Only you have the magic technique


Like a flower bending in the breeze
bend with me, sway with ease
when we dance you have a way with me

stay with me, sway with me

Tuesday, 3 March 2009

Ha llamado Sabine para decirme, entre otras cosas, que soy una amargada y que por qué no me acuesto. No hablaba literalmente, claro, cuando ha dicho lo de dormir; pero yo le he hecho caso y después de que colgara mandándome un beso con algo de ironía, me he echado un rato y me he quedado dormida, no por más de treinta minutos; pues justo cuando empezaba a soñar con algo bonito que no tenía nada que ver con mi vida, y casi nada con este mundo, ha vuelto a sonar el teléfono. Era la tía Marga y no he cogido. No tenía ganas de mentir contando como de bien me va todo. Lo he dejado rinrinear hasta que ha parado. No ha insistido más de dos veces.
Ya se me fue el sueño, pero antes de levantarme y desperezarme del todo, me senté al borde de la cama a pensar un poquito mientras me miraba los pies. Puse los codos sobre las rodillas, y las manos en la cabeza. Sin darme cuenta, empecé a juguetear con mi cabello y noté que era suave y muy fino, me lo han dicho más de una vez, pero no han sido más que observaciones ajenas y yo nunca he llegado a ser consciente del todo hasta este momento, que deslizando los dedos lo he descubierto por mí misma. Mientras continuaba enredando un mechoncito en mi dedo índice izquierdo, intenté imaginar la impresión que causaría mi imagen desde un punto de mira distinto al mío. Quizá la visión de alguien que mira desde la puerta. Me recordé a una obra de Schiele; así, con poca ropa, en una postura singular aunque nada forzada, la mirada dirigida hacia el suelo y la luz de la ventana directa a mí.
Seguí enredando mi pelo y el pensamiento, hasta casi hacerme un nudo.
¿Quién me miraría desde la puerta? Y no encontré ninguna mirada, y pensé en Sabine. Pensé en llamarla y contarle el par de mentiras que está deseando oír, y en lo que ocurriría después de mi mentira. Sabine diciendo que soy guapa y no amargada, Sabine olvidando que lo mejor será que me cueste y acostándose conmigo; y tal vez mirándome después de despertar, desde la puerta, con la poca ropa que me quedó de la noche y la luz de la mañana colándose por la ventana. Pero mentir no está bien y no sé hacerlo. Y a veces creo es cierto que soy una amargada, y que lo mejor que hago es dormir.
¿Pero quién me miraría desde la puerta? Y no encontré ninguna mirada...