En la despensa no había cereales y ha sido entonces cuando me he dado cuenta de lo mucho que echo de menos estar en casa, tanto que me habría puesto a lloriquear y a llamar a mamá si no fuera porque tengo quince años (que en el fondo son bastante pocos), y de acuerdo con la vida que llevo (que a veces me queda grande) estaría totalmente fuera de lugar.
Como no podía ponerme a patalear porque no hubiese cereales cuando en mi casa (la de verdad, digo ) nunca faltan, me mordí el labio, cerré los ojos un poco para que no se me escapase ni una sola lagrimita y me puse a escribir a mamá contándole que estoy muy contenta y que todo va tan bien como esperábamos, y que me gustaría mucho saber del verano en Saint-Tropez . Terminé la carta con un te echo de menos. De haber tenido unos cuantos años menos o fuese yo de otra forma, le habría subrayado una vez tras otra la frase, o incluso habría comenzado así, y le habría dicho que no hay nada que desee más que estar en casa (en la antigua de Dulwich, Crystal Palace Road, no en la nueva) encerrada en mi habitación leyendo y asomarme a la ventana y verla a ella hacer lo mismo en el jardín, y escuchar a mis hermanos jugando en el desván. También le habría dicho que no me gusta Manhattan, y que mi padre tampoco me entusiasma demasiado, que no sé muy bien qué clase de persona es, y que no creo que me vaya a resultar fácil descubrirlo, porque nunca está en casa, y cuando salimos juntos a cenar siempre vamos rodeados de gente que habla de películas, libros, exposiciones y negocios que pintan muy interesantes, pero que no invitan nada a que uno se desenvuelva personal, sino sólo, culturalmente. [A veces no sé lo que digo, ¿desde cuándo lo cultural se escapa de lo personal?] También, que mi padre sale con una rubita que me cae aún más gorda, que el soso de Terry, el marido de mi madre; y que cuando la veo trato de parecer lo más educada posible, pero que a veces yo creo que se me nota en la cara. O que ya me he cansado de Paul Auster, y lo bien que estaría yo en alguna playa de la Costa Azul, leyendo a Françosie Sagan con ella al lado tumbada al sol, y pendiente de que mis hermanos no se ahoguen. Pero sobre todo, lo más relevante de todo cuanto podría haberle dicho, es que por qué me tiene tan en cuenta cuando hablo, que por qué me presta tanta atención, y me hace caso a todo lo que digo. Si, fíjate, no sé lo que quiero, y tengo que morderme el labio y cerrar los ojos para que parezca que tengo mi edad y que la talla de esta vida no me viene grande.



















