Wednesday, 7 May 2008

Nota en el bolsillo

Cada día me prometo dejar una nota en el bolsillo de tu abrigo. Sería muy fácil, eres tan despistada que en cuanto aprieta un poco el calor, te lo quitas y lo dejas olvidado en cualquier sitio.
Te he escrito muchas notas, he jugado a combinar gran variedad de palabras capaces de describir lo que siento sin ser demasiado cursilonas, ni faltas de prudencia. En realidad con poco que haya puesto, basta; pues si tú eres despitada, yo soy más bien torpe y cuando pienso en algo, aunque no lo diga, se nota; además, soy muy de hacer tonterías como dejar notas y lo sabes.
Pero pasan los días y no meto nada en tu bolsillo. Entonces pienso que quizá lo de la nota es una estupidez, que está más que visto, que es un detalle muy premeditado.
En el siguiente encuentro, entre los papeles de la oficina, me dedico a escribir en letras grandes, frases que solo tú entenderías y que podrían agradarte al leerlas. Eso es lo que me parece al principio, porque luego me doy cuenta de que debes pensar que soy un poco imbécil si escribo mientras me hablas en vez de prestarte atención. No, desde luego las letras no son la solución.
Me prometo entonces, que un día voy a sonreírte. Lo que pasa es que hay días demasiado serios como para andarme con risitas, y otros días son tan alegres que cualquier sonrisa es más que evidente. También he tratado de sonreirte en días corrientes, pero se me desvían los ojos, dejo de mirarte y parece que me río por dentro. Total, yo siempre estoy en mis cosas y sin darme cuenta pongo caras acordes con lo que pienso, así que tampoco tendría por qué llamar tu atención.
Otras muchas mañanas me pregunto que para qué tantas complicaciones si sé hablar. Por favor, he dado muchas conferencias, si me pagan por hacer eso... Qué me cuesta abrir la boca y dejar escapar un par de palabras.
Pero no, esta es otra cuestión, seguro que me puede el nerviosismo y empiezo a soltar disparates que nada tienen que ver con lo que siento.
Me rindo, al fin y al cabo qué más dá, si el mundo está lleno de mujeres bonitas como tú y tampoco eres tan, tan, tan interesante; sí, tienes una delicadeza especial, pero nada sobrehumano al fin y al cabo. Te expresas de un modo que gusta mucho porque es peculiar sin dejar de ser sencillo y conciso, además lo haces con esos labios tan perfectos... Pero bueno, ya será menos.
Definitivamente, no eres tan maravillosa como para que yo tenga que andar haciendo promesas que no cumplo y defraudándome constantemente, aún menos cuando hay tantas como tú - tantas que podrían suplirte, quiero decir- a las que gustaría compartir besos conmigo, y con las que hacer el amor podría ser igual de placentero, ...o no. Porque en realidad, pensándolo bien, nunca encontré en otra persona esa mirada capaz de penetrar hasta en el último rincón de cada cosa en la que se detiene, esa mirada que se posa en lo pequeño que aparenta insignificancia, pero que en tu opinión es tan hermoso como el resto. Caminas con la cabeza tan alta..., caminas con la cabeza tan alta sin hacer inferiores a los demás, embelleciéndolos a tu paso por el simple hecho de querer mirarlos.
Y lo más importante, el contraste entre ellos y yo. Esa indiferencia con la que te dirijes a mí, nada extrema, ni grosera, pero frívola. Aunque pareces interesada en lo que te cuento.
Pero, ¿por qué esa distinción? No era necesaria. Al igual que no es necesario que te sientes siempre a mi lado si nos reunimos con mucha gente en un almuerzo, ni que vengas a verme todas las mañanas, ni que me preguntes a mí cuando te surge alguna duda, ni que me prestes libros.
¿Acaso quieres hacer bello hasta el último rincón de mi cuerpo recorriéndolo con tu mirada y no sabes como decírmelo? ¿Es eso? No te preocupes, prometo que mañana te lleno los bolsillos de notas; me escribo en la frente tu nombre; te sonrío en cada esquina, a cada momento; te susurro y te grito que ahora mismo no hay nada que desee más que atravesarte con mis manos mientras tú lo miras todo y si cabe, lo haces aún más bello.