Son más de dos días los que Yera y yo llevamos encerradas en esta habitación provista de la luz tenue de una pequeña lamparita durante la noche y de la que se cuela a través de la persiana en el día.
El aire está cargado de un intenso olor a cerrado y sudor, lo he comprobado hace unos minutos al regresar del baño.
Fui al servicio a lavarme la cara e intentar así despejarme. Tras hacerlo, me senté en water más por sistema que por necesidad y me dediqué a pensar; debió pasar mucho tiempo porque pude analizar mi situación varias veces y desde distintos puntos de vista, y al cabo de un rato Yera vino a buscarme preocupada.
Me levanté mientras ella me observaba apoyada sobre el quicio de la puerta; fui a agacharme para recoger las braguitas que se habían deslizado hasta el suelo, y en apenas un par de movimientos fugaces que ni siquiera pude percibir, Yera se había deshecho de mi prenda y me besaba el cuello intensamente.
Hicimos el amor dentro de la bañera ovalada, vacía, sin agua. De nuevo su tacto, su respiración agitada, sus manos atrevidas; mi nariz escondida en su cuello buscando su aroma y ocultando mi expresión de placer, en un ángulo perfecto para observar como se entre abrían sus labios dejando escapar suspiros.
Pasamos una o dos horas abrazadas, respirándonos sin decir nada. Hasta que decidí llenar de agua la bañera.
Ella se había incorporado, permanecía sentada con las piernas entrecruzadas y estrechadas cercanas al tronco, rodeadas por sus brazos. Me coloqué detrás y jugué a enjabonarle el pelo mientras reíamos.
Regresamos de la mano a la habitación y sufrimos el contraste de nuestro olor a jabón con el del sudor atrapado en sábanas en la habitación.
El aire está cargado de un intenso olor a cerrado y sudor, lo he comprobado hace unos minutos al regresar del baño.
Fui al servicio a lavarme la cara e intentar así despejarme. Tras hacerlo, me senté en water más por sistema que por necesidad y me dediqué a pensar; debió pasar mucho tiempo porque pude analizar mi situación varias veces y desde distintos puntos de vista, y al cabo de un rato Yera vino a buscarme preocupada.
Me levanté mientras ella me observaba apoyada sobre el quicio de la puerta; fui a agacharme para recoger las braguitas que se habían deslizado hasta el suelo, y en apenas un par de movimientos fugaces que ni siquiera pude percibir, Yera se había deshecho de mi prenda y me besaba el cuello intensamente.
Hicimos el amor dentro de la bañera ovalada, vacía, sin agua. De nuevo su tacto, su respiración agitada, sus manos atrevidas; mi nariz escondida en su cuello buscando su aroma y ocultando mi expresión de placer, en un ángulo perfecto para observar como se entre abrían sus labios dejando escapar suspiros.
Pasamos una o dos horas abrazadas, respirándonos sin decir nada. Hasta que decidí llenar de agua la bañera.
Ella se había incorporado, permanecía sentada con las piernas entrecruzadas y estrechadas cercanas al tronco, rodeadas por sus brazos. Me coloqué detrás y jugué a enjabonarle el pelo mientras reíamos.
Regresamos de la mano a la habitación y sufrimos el contraste de nuestro olor a jabón con el del sudor atrapado en sábanas en la habitación.


