Thursday, 31 January 2008

El álbum de Julia

Aunque nada más lejos de la realidad, al principio intentaron no hacer distinciones.
Al igual que a todos mis hermanos me correspondió un álbum de fotografías con mi nombre grabado en la cubierta, gracias al cual supe que el día en que mi madre me dio a luz tuvo lugar una celebración por todo lo alto a la que asistieron muchísimas personas y en la que alguien se dedicó a tomar todas aquellas fotos que más tarde irían a parar al álbum que tanto me divertía mirar.
Junto a éstas había otras fotos. La mayoría iban desde mis primeros días hasta mis dos años, y a partir de una en la que se me veía muy seria mirando a un pastel de cumpleaños con tres velas y aquel lazo celeste en el pelo, se apreciaba fácilmente el interés que perdió el que hubiera hecho de fotógrafo hasta entonces. Las últimas eran todas iguales: el fondo azul, el jersey rojo con el escudo del colegio inglés bordado a la izquierda, aquel lacito de estampado escocés atado alrededor del cuello de la camisa blanca, mi melena rubia peinada hacia un lado en las que aparecía más niña o recogida en un coletero en las que ya era algo más mayor, y una sonrisa forzada.
[...]
Mis hermanos constituían un solo elemento, aunque fuesen seis eran muy parecidos y nunca distinguí muy bien entre uno y otro. Sabía sus nombres y sus edades, pero no recuerdo nada que los hiciera distintos.
En las paredes de casa colgaban cuadros en los que aparecían los seis en lugares desconocidos para mí, vestidos iguales con las ropas que mamá seleccionaba cuidadosamente.

Monday, 28 January 2008

Tiempo


Es verano, treinta y seis grados centígrados a la sombra, y sobre el pavimento de Plaza Mayor, unos chiquillos madrileños juegan, entre risas, con agua al sol.
Visten camisas de lino y bermudas, sandalias frescas o zapatillas de esparto.
Las ropas se ensucian y desgastan pronto, y la que no muere en el juego, se queda pequeña, no hay dos agostos en los que se repitan los mismos pantaloncitos.
En la misma plaza, junto al arco de Cuchilleros, y bajo la sombrilla de una de las terrazas que plagan la zona, el papá de uno de los niños -vistiendo una chaqueta azul de hilo que usa hace diez veranos- toma un cointreau mientras observa los ejemplares que obtuvo hoy en el mercado de filatelia.
Los sellos cobran valor con el tiempo; más viejos, más valen.
El señor del cointrau por el contrario, más viejo, menos vale.
Cierto que quizá por cada día es algo más sabio, sin embargo, no hay cosa que deseara más que poner freno al envejecimiento. Sabe que la jubilación reducirá sus ganancias monetarias, ya no pintará nada en la oficina.
La vida del sello nunca muere, siempre tiene qué pintar en el álbum, en “su oficina”. Quizá de ahí la afición del caballero a la colección de los papelitos amantes del tiempo.
Verano en Madrid, hemisferio norte; e invierno en Buenos Aires, hemisferio sur.
Con el frío las cosas van más rápidas, razón de muchos para amar las estaciones frescas, razón para amar las cálidas en el caso de otros.
En esta ocasión, nos trasladamos hasta la facultad de derecho de la universidad de Buenos Aires.
Allí Marcos, un aspirante a abogado, que cursa el tercer año de su carrera, lucha contra las agujas de su reloj.
Examen de derecho mercantil en treinta minutos, y aún más de treinta folios sin aprender. Otro que quiere detener la marcha del minutero.
En el trayecto aéreo que une ambas ciudades, un piloto despega un avión de la compañía Air Europe en Pistarini con destino Barajas.
La vida del piloto es monótona, las horas fluyen lentas.
Observa la tierra que ya no guarda ningún secreto desde lo alto, desea las turbulencias para dar mayor emoción a su trabajo, y es que el piloto sueña con el tiempo libre, tiempo para gastar el sueldo tan elevado que le proporcionan las alturas.
Abajo un anciano paupérrimo, sin un solo peso ni euro, sin un oficio. Al que, en opión de la mayoría, una suerte peor le conoció.
Ansia ingenio para inventar una nueva forma que le ayude a eliminar los minutos que fallecen al nacer, para matar el aburrimiento.
Él quiere ser piloto y volar. Él quiere llenar sus horas, no permanecer día y noche sentado en el banco del parque viendo pasar aeroplanos.
En el banco contiguo, dos jóvenes se besan exprimiendo cada segundo antes de separarse. Con pasión, con ternura, como si fuera la primera y también la última vez.
No cabe un suspiro más en el entorno que los rodea, suspiros que rezan cómo juntos los días se deshacen, cómo no se diferencia la mañana de la noche, cómo el tiempo se detiene en presencia del otro, cómo temen que el tiempo muera en cada instante tras las despedida.